En el año 92 de la crisis, después de la Exposición Universal de Sevilla, andaba yo desesperada buscando un empleo. Al terminar los acontecimientos notorios que se habían llevado la prosperidad con ellos, Andalucía volvió a vivir en tiempos de vacas flacas una vez más. Aquel día me subí a la banana (un Renault 4L, cuatro latas de color amarillo), con el ánimo guerrero vestida para una entrevista de trabajo. El puesto que ofrecían era de recepcionista en un improvisado camping situado al lado de una granja de cerdos que lo perfumaba con su vapor cuando el viento quería.
Allí me esperaba Suzanne, una dulce jovencita americana que había estudiado en la Universidad de la Sorbona de París y hablaba cuatro idiomas por lo menos. Yo chapurreaba un inglés de los americanos sin ningún pudor, y cuando me preguntó si hablaba francés le contesté que sí. Y claro, no tenía ni idea, pero la olla de mi niño estaba vacía y había que llenarla. Ya improvisaría, ya estudiaría... o lo que fuese. La cosa era conseguir el puesto y las cuatro perras que iba a ganar con él. Suzanne se dio cuenta en seguida pero no dijo nada y me dio un curso de cuatro palabras en la lengua de Moliere para que aprendiera a decir: camiseta, bolsa de hielo y el precio de la estancia por día y por semana. Creo que se divirtió aquel día y dio el visto bueno para que me admitieran como ayudante en la recepción. Pero más aún se divirtió Xavi, el dueño del camping, el día que me trajo unos italianos para que les hiciera los trámites de entrada. Bueno, me defendí con el italiano de las películas, del cual me avergüenzo hoy por ser incompresible, pero tenía el mérito de ser inventado. Yo pensé: si lavorare es trabajar y come stai es cómo estás, el resto es coser y cantar. Lo mejor de todo fue que me entendieron cuando les expliqué cómo llenar el depósito del agua de la auto caravana con una manguera. Mamma mía! Debieron pensar que yo hablaba español y que era comprensible para ellos y Xavi quedó convencido de que yo hablaba italiano.
El verdadero problema se presentó el día que llegaron los franceses, ¿con cuál de las cuatro palabras que sabía les iba a recibir yo? Oh, Mon Dieu! Y Xavi me observaba silencioso desde un rincón de la recepción. Yo mantenía la calma sin sudar, pero debía tener tanta cara de apuro que él se acercó y les dijo:
–Bonjour, pour faire les formalités...
Bueno, hice los trámites de entrada, les dije las cuatro palabras que conocía y les entregué unos cuantos folletos turísticos. El día que se fueron se despidieron diciendo:
–Ici sents le cochon.
Por el gesto de asco que pusieron entendí la frase y aquel fue el primer curso de francés nativo que tuve en la vida y que me empujó mucho más tarde a estudiarlo.
Mientras, Suzanne se convirtió en amiga de la familia gracias a un sueño premonitorio que tuve sobre ella al día siguiente de conocerla que nos sorprendió a las dos. Además vivía a un par de manzanas de casa y a mamá, que rebosaba de generosidad andaluza, le encantaba invitarla a comer. Muchos meses después me escribió desde los Estados Unidos para confirmarme que el sueño había sido certero y que jamás tendría que haberse casado con aquel sinvergüenza que después de haber conseguido la nacionalidad americana, la abandonó. Y yo le reconocí el día que me lo presentó, por haberlo visto en aquella fantasía de la noche que desgraciadamente se había convertido en realidad.
Y la vida de todos los días transcurría suave, llena de cosas absurdas, como en una ilusión. Yo guardaba en mi corazón las cosas importantes: el ver crecer a mi hijo, el ver feliz a mi madre. Y no me importaba nada levantarme a las seis de la mañana y que me llevara la banana (el Renault cuatro latas que había perdido ya al menos una) a trabajar al camping.
Otro día se le ocurrió a Xavi organizar una fiesta de moteros. Fue a la granja de al lado y encargó un tanda exagerada de costillas de cerdos que mandó asar en unas barbacoas improvisadas con cuatro piedras sobre la tierra. Los moteros empezaron a llegar en bandadas y pronto me di cuenta de que los que no íbamos vestidos como ellos no existíamos, y sólo se dirigían la palabra entre ellos. Era lógico, tenían que celebrar su venturoso viaje desde tan lejos en aquel día horrible de calor. Pero la alegría se les terminó rápido, pues de los tres días al año que llueve en Sevilla aquel fue uno de ellos, y la lluvia furiosa que golpeaba el polvo cubrió con una salsa de lodo las costillas de marrano que quedaron intomables sobre las brasas. El agua que bajaba por la pendiente arrastró con ellas las cervezas y los ánimos, y en menos de veinte minutos estaban todos refugiados en el restaurante. Pero Xavi, que lo había gastado todo en las viandas para la barbarcoa, no había previsto otra comida y los chicos se quedaron tan descorazonados y con un hambre tan carnívora que se fueron en estampida. El viento soplaba hacia ellos desde la granja de cerdos, en guisa de adiós.
Estas cosas, y tantas otras que vinieron después, se fueron desmadejando gracias a aquella mentira. Fue una mentira piadosa, tal vez, pero una mentira. Muchos años depués aprendí a hablar un francés desenvuelto que me ayudó en la vida de todos los días. Es como si aquella mentira se hubiera convertido en una sentencia del destino que me hubiera tomado la palabra en aquel momento de desespero. Si la vida entera es toda ella una mentira, como decía el escritor en el gran soliloquio: que la vida es sueño y los sueños sueños son. Entonces que me dejen, como yo quiera, soñarla con el corazón.
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sábado, 15 de julio de 2017
miércoles, 26 de abril de 2017
El niño que no volvió de la escuela
El niño se había puesto los zapatos en el ascensor como cada mañana. Luego rascaba su pelusa de barba indecisa que aún no había tocado la máquina de afeitar. Su madre, plantada ante la puerta con la bata de casa y las zapatillas de pompones, le había dicho:
–¡Date prisa que otra vez llegas tarde!
Yo no comprendía cómo el ascensor me traicionaba, mandándome al cuarto piso en lugar de bajarme a la calle, y así el niño me atrapaba en él. Sin preguntarle, estaba al tanto de toda la vida de la familia; de las vacaciones en la casa de campo, las subidas al apartamento de esquí y las bajadas a la orilla del mar. De todo estaba yo al corriente sin importarme, y era porque no podía zafarme de su charla y al final llegué a sentir curiosidad por los periplos familiares, por si había lucido el sol en la playa o el viaje transcurrió sin incidencias. Todo lo escuchaba yo y todo lo preguntaba, por prestarle atención a él. Con los últimos relatos ya la voz le iba cambiando y no le sonaba tanto a pito inoportuno de parvulario, sino a bronquios de chaval. Así me contó que una pandilla de gamberros le había robado el teléfono de bolsillo, ese que todos quieren con la marca de la manzana, y el juego de llaves, por eso tuvimos que cambiar el cierre del edificio y tomar precauciones para entrar.
Hoy, como todos los días, se metió en el ascensor con las zapatillas deportivas en la mano, se sentó en el suelo como dejándose caer y se las puso con un solo movimiento. Ahí comprendí que por eso nunca las desamarraba.
El niño, que ya no era tan niño, me dijo que hoy no habría clases, que se iban al entierro de un compañero al que había embestido una moto loca en la misma acera que pisábamos al arrancar el día. Luego dio un salto de canguro y corrió hacia la avenida dejándome atrás. Él corrió impulsado con la potencia de los octanos de la pubertad, y yo avanzaba con pasos meditabundos, reflexionando en mi media hora de historias.
A la altura del cruce los vi: las sirenas azules, los vehículos rojos y el grupo de socorristas agachados formando un círculo. Quise acercarme pero desistí, por evitarme el llevar en la memoria alguna imagen de charcutería humana que luego me costara borrar. En la parada del autobús me lo contaron. La policía tenía prisa, iban detrás de un terrorista o de un loco, lo mismo da. Con un volantazo frenético habían invadido la vía izquierda de la avenida para adelantar. Y así, circulando en sentido contrario chocaron contra el niño, que aquel día corrió menos que ellos y lo dejaron planchado delante de su escuela.
Y ahora, ¿qué le diré a su madre cuando la vea? Plantada ante la puerta con su bata de casa y sus zapatillas de pompones, esperando al que ahora yace inmóvil, esperando al que no volverá. ¿Qué explicación se le podría dar? Que este mundo loco se ha llevado un alma inocente, que no sabemos a dónde vamos a llegar, que la policía debió aflojar el acelerador delante de la escuela y… ¿todo esto que más le dará? Cuando no vea a su niño entrar, el niño que no volvió, no llegó a la escuela, no cargará más con su mochilita de libros, ni saldrá corriendo a la calle a medio peinar.
¿Y yo? Hubiera deseado con toda el alma que esto fuera un cuento, pero no lo es, es una escena más que se funde en el delirio de los sucesos de todos lo días. Y ya no me importunará más en el ascensor, con su charla de cotorra infantil, mirando al mundo con sus ojos soñolientos, despertando a la vida despacio, como una flor que espera los rayos de un sol que no la alumbrará jamás. Ahora sí que irás al entierro, pequeño mío, y en guisa de anfitrión principal.
–¡Date prisa que otra vez llegas tarde!
Yo no comprendía cómo el ascensor me traicionaba, mandándome al cuarto piso en lugar de bajarme a la calle, y así el niño me atrapaba en él. Sin preguntarle, estaba al tanto de toda la vida de la familia; de las vacaciones en la casa de campo, las subidas al apartamento de esquí y las bajadas a la orilla del mar. De todo estaba yo al corriente sin importarme, y era porque no podía zafarme de su charla y al final llegué a sentir curiosidad por los periplos familiares, por si había lucido el sol en la playa o el viaje transcurrió sin incidencias. Todo lo escuchaba yo y todo lo preguntaba, por prestarle atención a él. Con los últimos relatos ya la voz le iba cambiando y no le sonaba tanto a pito inoportuno de parvulario, sino a bronquios de chaval. Así me contó que una pandilla de gamberros le había robado el teléfono de bolsillo, ese que todos quieren con la marca de la manzana, y el juego de llaves, por eso tuvimos que cambiar el cierre del edificio y tomar precauciones para entrar.
Hoy, como todos los días, se metió en el ascensor con las zapatillas deportivas en la mano, se sentó en el suelo como dejándose caer y se las puso con un solo movimiento. Ahí comprendí que por eso nunca las desamarraba.
El niño, que ya no era tan niño, me dijo que hoy no habría clases, que se iban al entierro de un compañero al que había embestido una moto loca en la misma acera que pisábamos al arrancar el día. Luego dio un salto de canguro y corrió hacia la avenida dejándome atrás. Él corrió impulsado con la potencia de los octanos de la pubertad, y yo avanzaba con pasos meditabundos, reflexionando en mi media hora de historias.
A la altura del cruce los vi: las sirenas azules, los vehículos rojos y el grupo de socorristas agachados formando un círculo. Quise acercarme pero desistí, por evitarme el llevar en la memoria alguna imagen de charcutería humana que luego me costara borrar. En la parada del autobús me lo contaron. La policía tenía prisa, iban detrás de un terrorista o de un loco, lo mismo da. Con un volantazo frenético habían invadido la vía izquierda de la avenida para adelantar. Y así, circulando en sentido contrario chocaron contra el niño, que aquel día corrió menos que ellos y lo dejaron planchado delante de su escuela.
Y ahora, ¿qué le diré a su madre cuando la vea? Plantada ante la puerta con su bata de casa y sus zapatillas de pompones, esperando al que ahora yace inmóvil, esperando al que no volverá. ¿Qué explicación se le podría dar? Que este mundo loco se ha llevado un alma inocente, que no sabemos a dónde vamos a llegar, que la policía debió aflojar el acelerador delante de la escuela y… ¿todo esto que más le dará? Cuando no vea a su niño entrar, el niño que no volvió, no llegó a la escuela, no cargará más con su mochilita de libros, ni saldrá corriendo a la calle a medio peinar.
¿Y yo? Hubiera deseado con toda el alma que esto fuera un cuento, pero no lo es, es una escena más que se funde en el delirio de los sucesos de todos lo días. Y ya no me importunará más en el ascensor, con su charla de cotorra infantil, mirando al mundo con sus ojos soñolientos, despertando a la vida despacio, como una flor que espera los rayos de un sol que no la alumbrará jamás. Ahora sí que irás al entierro, pequeño mío, y en guisa de anfitrión principal.
sábado, 19 de noviembre de 2016
Los días malos
Hay días malos, muy malos. Días en los que no recibes ninguna buena noticia y las piedras en tu camino parecen crecer. Se diría que esos días no tienen fin, ni noche que los detenga. Es como si estuviéramos atrapados en un callejón sin salida, en un laberinto infernal que te pierde más y más mientras te vas adentrando en el. Cuánto más luchas por salir, más profundo caes. Es igual que sacar un barco a la mar con el viento en contra, o tirar mierda delante de un ventilador.
Ciertos días, pensaba, no tenían que haber amanecido, ni ciertas horas tragarse las manecillas del reloj. Y además se clonan en otros días aciagos, tal cual el de la marmota que repite las mismas escenas absurdas y sin sentido en un ciclo sin final. Sí; la desesperación existe y los momentos de desamparo en los que ni amigos, ni familia parecen consolar. No podría justificar la razón de la existencia de estos días con los entresijos de una complicada filosofía poco creíble y mucho menos aceptable. En realidad nadie sabe por qué tenemos que pasar por días así. Ni tampoco me importa.
El río mecía sus aguas grises con serenidad, paseando la corriente con un sonido grave, casi sordo.
–Sólo te queda la muerte –oyó decir por detrás.
–No puede ser, no estoy preparada y tengo demasiado miedo para morir.
–Entonces mira el agua; será lo último que veas.
Una brisa de aire frío le acarició la nuca, más que viento era como la bocanada que sale de un congelador al abrir la puerta. Entonces se giró un poco hacia la izquierda y atisbó una masa gris, o del color horrible que fuese. Un olor intenso emanaba del mismo lado, parecido al de las almendras amargas, pero no supo reconocerlo. Durante un segundo le alivió la idea de pensar que todo podía ser un sueño.
–¡Mira al agua! –gritó la voz con autoridad.
–"Y ahora es cuando me va a empujar." – pensó.
Quiso salir corriendo pero sintió los pies pesados, como pegados a la tierra. Quiso gritar y no le salía la voz. Fijó los ojos en el agua que parecía una masa movediza de tierra sucia. Deseó hundirse en ella y que aquel polvo le ahogara la respiración. El murmullo de la corriente se hizo más agudo y en la superficie vio venir flotando unos pies. Tras los pies aparecieron las piernas y el vestido pegado al cuerpo rígido que conocía tan bien. El rostro con el rictus tenso, las manos finas, crispadas y cruzadas sobre el vientre. La mujer la miró y le dijo:
–¡Niña! ¿Qué haces aquí?
La reprendió como cuando tenía cinco años, con la mirada amenazante y la misma entonación de antes del castigo, aunque en el fondo había detectado un ligero matiz protector. Tras la voz militar reconoció que podía haber cariño y cuando se disponía a responderle, su cabeza desapareció en la oscuridad.
–¡Vuelve! –gritó– ¡tengo tanto que decirte!
–Ella lo sabe todo –oyó decir aún por detrás.
–¿Quién eres y qué quieres de mi? –le dijo sin volverse.
–¿Para qué te serviría conocer mi nombre? Si te dijera quién soy yo, ni tú misma lo creerías. Dejemos las cosas como están.
–Eres... tú eres...
–No lo pronuncies. El día que lo hayas hecho no volverás a este lugar, ni a ningún otro que hayas conocido.
Ella prestaba atención a cada palabra. Una vibración metálica sobresalía al final de cada frase y trataba de imaginar qué rostro podía corresponder a una voz así. Pensar en ello le daba dolor de cabeza y una angustia en el pecho dífícil de soportar, así que trató de concentrarse en lo que escuchaba sin relacionarlo con ninguna imagen.
–Mira el agua –le dijo otra vez.
Y entonces se hicieron remolinos que se tragaban los barcos de horasjasca perdidos en el río y la suciedad. Ahora con la mente vacía, la voz le resonaba claramente dentro de la cabeza.
–Observa el agua del riachuelo: va abriéndose camino entre la basura y las piedras, y termina atravesando el valle de la sombra de muerte. Es más fácil fluir que ir levantando cada roca del camino y pateando la suciedad. Fluir es aceptar y avanzar con lo que tienes. La locura es seguir adelante con la ceguera de la furia atizada por el rencor. El agua, que parece débil, puede llegar a donde quiera si no se detiene. Además, sabe que el día malo también se acabará, y puede que antes de lo que tú piensas.
Las palabras surtían de su propio intelecto y le produjeron un consuelo tan grande que ya no le importaba morir y casi deseaba echarse en los brazos de aquella cosa informe y gris.
–¡Llévame contigo! –le gritó.
–No puedes, ahora no puedes, tendrías que parar el mundo y eso aún no lo sabes hacer.
–No tengo ni idea de lo que significa eso.
–Acepta el día malo y lo aprenderás.
–Si lo acepto y lo aprendo y todo lo demás ¿podría irme contigo?
–No. Yo no puedo decidir eso por ti; hoy estoy aquí porque tú me has llamado. Venir es todo lo que puedo hacer. Además, tienes que aceptar el día bueno, eso también lo aprenderás.
–Si mis días fueran buenos, entonces no te habría llamado.
–Cuando estés lista para la última danza, entonces me llamarás.
martes, 23 de junio de 2015
Treport, el pueblo sin flores
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| Le Trèport |
El sol era de color gris en el día en que fuimos a Trèport, el pueblo escondido entre acantilados. Su nombre significa tres puertos y cada uno guarda un recado: uno para la pesca, otro para los grandes barcos comerciales y otro para los yates del placer. Los tres puertos comunicados entre sí tras la puerta guardiana del faro.
El camarero del Homard Bleu nos sirvió pescado recogido directamente del mar, que no había visto la cámara, y una sidra dorada y espumosa que no tenía nada que envidiarle al mejor champán.
Luego el viento nos llevó al pie del faro donde el mar rugía colérico y tomamos fotos de dos barcos que saltaban sobre la espuma.
-Ha tomado usted la foto en el momento preciso –dijo la dama del cabello blanco y los ojos azules.
-Sí –le dije con una sonrisa–, justo en el momento en que se cruzan.
Al intercambiar las nacionalidades ella me dijo:
-Yo he nacido aquí, en Trèport.
-Entonces conocerá toda su historia –respondí como tirándole un poco de la lengua.
-Sí. Yo he visto aquí a las mujeres llorar por los marineros que no les había devuelto el mar. Yo era entonces muy pequeña.
Esas son las mismas lágrimas que derraman otras mujeres en todos los océanos, pensé. Luego nos contó de la guerra y de cómo los alemanes habían dinamitado casi todo el pueblo para poder tirar mejor, pensando que los ingleses iban a entrar por allí.
-¡Ah, las guerras! –me quejé –Deberían prohibirlas.
-Sí, pero todo continúa igual hasta el día de hoy.
La vista desde lo alto del acantilado era fabulosa, en la cima se podían ver los restos del Gran Hotel, que los alemanes se habían tomado la molestia de dinamitar también, dejando sólo las escaleras. Al lado quedaba un Cristo solo, clavado en la cruz y triste, tal vez por eso no había flores en Trèport. Y allí mismo hice la promesa: volveré en un día de sol, cuando las flores hayan nacido en todos los tiestos y las campanas de la iglesia resuenen con una nueva alegría, cuando los llantos se hayan transformado en risas, acunados por los albores de una nueva vida. Volveré.
¿Qué se puede encontrar en un pueblo como este? Aparte de ser el pueblo más marinero que haya visto en mucho tiempo. Dan ganas de venir y reconstruir las casas que partieron las bombas, resucitar el glamour del Gran Hotel Trianon en la belle époque y ponerle ropa al Cristo. De meter al pueblo entero dentro de una burbuja para que no lo destruya el fuego de la guerra desde del cielo.
Cuando vuelva, por si acaso traeré un ramo de flores y una luz en la mirada para hablar otra vez con la dama del cabello blanco y los ojos azules, y decirle que siempre habrá flores, que siempre vuelven a crecer aunque tengan que brotar sólo para vivir un día, el día en que celebraremos la libertad.
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| Trèport desde el acantilado |
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| El faro de Trèport |
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| La iglesia y el hotel |
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| Humilde dibujo a bolígrafo |
sábado, 21 de marzo de 2015
Las Damas de Montmartre
-¿Cuántos años hace que vive aquí?
-Veintiséis años, soy una auténtica montmartroise -me dijo mostrándome los dientes artificiales que le bailaban en la boca.
Nicole tiene los ojos azules y la mirada enturbiada por los años. Llevaba un abrigo rojo que debió haber sido glorioso en su tiempo, y una de esas estolas de piel de las que cuelga la cabeza de un animal muerto. Luego me contó que en su casa la esperaba su perro solamente. Y que se le había ido la juventud cuidando a sus padres porque había nacido hija única.
Me explicó cómo habían cambiado algunos edificios y cuál era el mejor restaurante para comer: "La Bonne Franquette". Después criticamos al Starbucks Café de la rue Norvins, ¿cómo se les había ocurrido poner esa monstruosidad americana en pleno corazón de Montmartre?
Más allá había otra dama que le daba de comer a un gato con un tenedor y los turistas se paraban delante como si se tratara de un espectáculo. La dama escarbaba en la basura y le llenaba el plato, luego lo alimentaba directamente con el tenedor. Sin duda debía encontrar cosas nutritivas en aquella papelera, a juzgar por el peso del gato.
Pero Nicole y yo seguíamos hablando, de todas formas el pequeño autobús no iba a venir por culpa de un maratón que lo bloqueaba todo, y yo, ni siquiera estaba esperándolo, solo me aprovechaba del banco de la parada para descansar un momento de aquel paseo maravilloso.
Los turistas estaban por todas partes y eran una verdadera marea humana. Se acercaron dos japonesas que tuvieron la mala educación de ponerse en medio cuando estábamos en plena conversación. A Nicole le molestó mucho, porque es cierto que los turistas se asalvajan y no tienen modales, sino sólo prisa para verlo todo tan rápidamente que ni siquiera lo podrán recordar después, pero eso sí: lo colgarán todo en Facebook.
Sin embargo los auténticos montmartreses se conocen todos, se saludan y se ayudan entre ellos como si vivieran en un pueblo. El viejo Michou, dueño del cabaret de maricones más famoso de París, ofrece a todas las damas de Montmartre una cena gratuita una vez al mes.
Pero al volver a casa cada uno se queda con su soledad, y a ti, Nicole, cuando tu perro se muera, ¿quién te cuidará?
-Veintiséis años, soy una auténtica montmartroise -me dijo mostrándome los dientes artificiales que le bailaban en la boca.
Nicole tiene los ojos azules y la mirada enturbiada por los años. Llevaba un abrigo rojo que debió haber sido glorioso en su tiempo, y una de esas estolas de piel de las que cuelga la cabeza de un animal muerto. Luego me contó que en su casa la esperaba su perro solamente. Y que se le había ido la juventud cuidando a sus padres porque había nacido hija única.
Me explicó cómo habían cambiado algunos edificios y cuál era el mejor restaurante para comer: "La Bonne Franquette". Después criticamos al Starbucks Café de la rue Norvins, ¿cómo se les había ocurrido poner esa monstruosidad americana en pleno corazón de Montmartre?
Más allá había otra dama que le daba de comer a un gato con un tenedor y los turistas se paraban delante como si se tratara de un espectáculo. La dama escarbaba en la basura y le llenaba el plato, luego lo alimentaba directamente con el tenedor. Sin duda debía encontrar cosas nutritivas en aquella papelera, a juzgar por el peso del gato.
Pero Nicole y yo seguíamos hablando, de todas formas el pequeño autobús no iba a venir por culpa de un maratón que lo bloqueaba todo, y yo, ni siquiera estaba esperándolo, solo me aprovechaba del banco de la parada para descansar un momento de aquel paseo maravilloso.
Los turistas estaban por todas partes y eran una verdadera marea humana. Se acercaron dos japonesas que tuvieron la mala educación de ponerse en medio cuando estábamos en plena conversación. A Nicole le molestó mucho, porque es cierto que los turistas se asalvajan y no tienen modales, sino sólo prisa para verlo todo tan rápidamente que ni siquiera lo podrán recordar después, pero eso sí: lo colgarán todo en Facebook.
Sin embargo los auténticos montmartreses se conocen todos, se saludan y se ayudan entre ellos como si vivieran en un pueblo. El viejo Michou, dueño del cabaret de maricones más famoso de París, ofrece a todas las damas de Montmartre una cena gratuita una vez al mes.
Pero al volver a casa cada uno se queda con su soledad, y a ti, Nicole, cuando tu perro se muera, ¿quién te cuidará?
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| Le Sacre Coeur y los turistas |
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| Vista de París desde el Sacre Coeur en un día gris |
lunes, 20 de octubre de 2014
El Peregrino de San Quintín
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| El Laberinto de la basílica de San Quintín |
Aquellos eran los malos tiempos de la peste y a las dos de la mañana Michel de Notre Dame trabajaba aun en su laboratorio. Había sido un largo día en el que tuvo que tratar a mas de cien enfermos y dirigir la desinfección de mas de diez casas con cal y sosa.
Dos porrazos en la puerta lo desconcertaron en la noche calma:
-¡Abrid la puerta señor! ¡Abrid la puerta! ¡Es por el caballero Luis de Dorneval! ¡Abrid la puerta por Dios!
-Ya no me quedan mas remedios para curar a los apestados. Volved mañana al mediodía y os recibiré.
Pero la insistencia del criado le reclamaba que no se trataba de un caso de peste, sino de heridas sangrantes que curar. Cuando el médico abrió la puerta vio al criado sucio y destartalado que tiraba del asno sobre el que yacía el caballero Luis. Los pies le arrastraban por tierra y dos regueros de sangre le bajaban por las rodillas.
-Ha entrado en un sueño profundo del que no quiere despertar -dijo el criado.
Acercaron el asno todo lo posible a la camilla y tomándolo el uno por las axilas y el otro por los tobillos pudieron depositarlo sobre el catre. El caballero Luis era fuerte y estaba bien alimentado pero había perdido todas sus fuerzas. Michel de Notre Dame le lavó las heridas de la rodillas, de sangre y de porquerías que le habían dejado las rótulas al descubierto y, aprovechando un momento de lucidez, le dio un mejunje de vino caliente con miel y romero que, según él, resucitaba a los muertos. Con esto el caballero tosió dos veces y cayó por fin en un profundo sueño reparador. Luego él mismo se acostó en un catre invisible que había en una esquina.
El día gris hizo su entrada tímidamente por la ventana y la voz bronca del caballero rompió el primer silencio.
-Gracias -susurró -¿a quien debo la gracia de tan inmenso favor?
-No es favor, es el deber de todo galeno que trabaje por la salud del mundo.
-Pues, ¡bendito sea!
-Me gustaría saber qué fue lo que le dejo las rodillas en tal estado.
-¿Ha oído hablar de la basílica de San Quintín?.
-Se refiere a la que reúne a santos y pecadores en busca del perdón divino o la gracia celestial.
-Exactamente -dijo el caballero -¿sabe? mi hijo único cayó gravemente enfermo. Esa peste es un castigo de Dios que viene a mesurarnos por nuestros pecados.
-La peste negra es una epidemia, señor, que se propaga con la suciedad y las ratas y se puede curar si se detecta a tiempo y prevenir si se aplican medidas antisépticas. Estoy seguro que su hijo la contrajo a través de la porquería, como todos los otros enfermos, y no porque haya cometido algún pecado.
-Yo decidí hacer el peregrinaje a San Quintín y..
-Destrozarse las rodillas en el laberinto -le interrumpio Michel de Notre Dame.
-La promesa, tenía que cumplirla, tenía que llegar hasta el final, ¿me entiende?
-¿Cree que dejarse la piel recorriendo doscientos metros de rodillas habría salvado a su hijo?
-La única manera de que Dios me escuche es aceptando el castigo por mis pecados.
-Señor, ya le dije que la peste es una epidemia, pero decidme por curiosidad, ¿cómo se llama su hijo?
-Luis de Dorneval, como yo.
Michel de Notre Dame desapareció de la estancia en menos de dos segundos el caballero de Dorneval tuvo miedo pensando que se trataba de un acto de brujería. Pero el médico había simplemente atravesado el pasadizo secreto que daba a una bóveda oculta, sin aire y sin luz, en donde guardaba sus libros prohibidos y sus sustancias no menos prohibidas que hubieran terminado en el fuego, de haber visto la luz. De allí salió por una puerta disimulada que daba a la alacena y apareció a la entrada de la estancia con un tomo bajo el brazo.
-Pero,¿cómo?..
-No se preocupe, es el efecto de las pócimas que le he suministrado, a veces perturban la realidad con delirios, pero las cosas no han sucedido como usted cree.
Soltó el libro de golpe sobre una mesa pequeña y comenzó a hojearlo rápidamente.
-¡Aquí está! ¡Lo sabía! Sabía que ese nombre me recordaba algo. Sepa vuestra merced que su hijo está sano y salvo.
-Pero..¿cómo es posible que..?
-Lo curé yo mismo hace diez días. Anoto en un diario los nombres de los enfermos a los que asisto, para un método de estudio y seguimiento de la epidemia. Alguien debió traerlo al hospital de los pobres en donde trabajo cada día.
-¡Loado sea Dios!
-¿Piensa todavía que esa carnicería que se hizo en las rodillas fue la causa de tal ventura?
-Pienso que Dios, nuestro Señor es grande y bondadoso y que usted es el mejor y más ilustre doctor que existe sobre la tierra.
-Que así sea, pues -respondió Michel de Notre Dame.
-Que así sea -asintió el caballero.
viernes, 25 de julio de 2014
Relatos Cortos: Las Brujas de la Alpujarra
Cada vez era lo mismo. Cuando la señora de la casa abría la puerta, allí estaba el cura de pueblo armado con el incienso y el hisopo de bendecir.
-Hija, trae el agua. Esto te librará de todos los males y de las brujas, esas mujeres del diablo que en noches como esta se transforman en macho cabrío para danzar con ellas en el Tajo de la Cruz.
Y a la vista de la palangana de agua, paseaba el incienso en el aire haciendo la señal de la cruz tres veces y gritando:
-¡Arrodíllate y cree en Dios! ¡Arrepiéntente y serás salva del infierno! ¡Renuncia a la lujuria y a los pecados de la carne!
Aquella gente temía al cura casi más que a los aquelarres. La mayoría pensaba que la lujuria era una enfermedad, pero no sabían en que parte de la carne era. Por lo tanto, lo mejor era confesar los pecados para no contraerla. La cuestión era temer, como si un miedo espantase al otro.
Y al caer la noche y salir la luna se enterraban bajo las sábanas aterrorizados, con las paredes cargadas de escapularios y de estampas de santos, con la palangana de agua bendita en la mesilla de noche lista, por si hubiera que tirársela al mismísimo diablo que transformado en macho cabrío se atreviera a visitar alguna mujer que hubiera contraído aquella enfermedad.
Mientras Juan, María y los otros estaban llegando ya a lo alto del Tajo de la Cruz al lado mismo de Lanjaron, en donde el alcalde había mandado plantar una cruz por orden del cura, para espantar aquelarres.
Allí se reunían para comer y beber alrededor de un fuego que no se apagaba nunca y para fornicar, según las malas lenguas. Aquellos eran curanderos y desfacedores de los líos de la gente. Eran médicos de hierbas y de pócimas, que recetaban extraños remedios para males comunes, especialmente en la noche de San Juan, en las que trataban a los niños que tenían hernia umbilical. Según la tradición se abría una rama de mimbre en dos y se acostaba a dormir al niño entre un hombre, que debía llamarse Juan, y una mujer, que debía llamarse María. Luego se juntaba la rama. Si al día siguiente la mimbre amanecía unida, era certero que el niño se iba a curar. La tradición no dice lo que sucedía si la rama no se juntaba.
Pero en aquella noche única, la más corta del año, aquellos creyentes de las fuerzas de la tierra se preparaban para sus ceremonias personales con las que se trataban a sí mismos antes de salir a curar. Era como una especie de vacuna que se aplicaban antes de encarar el mal. Sabían que la luz de la luna era ciertamente protectora y muy poderosa después de haber bebido de cierta agua y comido de ciertas plantas, así que se despojaron de toda ropa para absorberla con todo el cuerpo, mientras atizaban el fuego y tomaban de aquel licor fuerte que les ayudaba a soportar el fresco de la noche y les animaba a danzar. Correr y saltar por la hoguera también formaba parte de todo aquel ritual, como yacer entre ellos bajo la claridad nocturna, acalorados por el vapor del alcohol que les subía a los sentidos desinhibiéndolos. Luego se iban sin sueño antes del amanecer, cada uno por su lado, por los caminos de la Alpujarra.
A las cinco de la mañana aun no había salido el sol, y como tantas otras noches, Guillermo cabalgaba sólo por el monte con su ballesta, buscando la perdiz. Justo allí, en la cruz del Tajo enzarzó una con una flecha que le atravesó el cuello. Echó una par de leños gruesos al fuego y ya que la tenía segura, la dejó sangrando allí clavada en la cruz como un Cristo y se fue a rondar. Si tenía suerte hasta podría toparse con dos más, o tres, o cuatro. Unas cuantas horas más tarde volvió con el serón lleno. Aquel había sido un día afortunado que le había dado siete perdices que alcanzarían al menos para tres ollas.
Mientras el cura del pueblo, transpirando de miedo y de rabia, subía con su mula a lo alto del Tajo, para ver si quedaba rastro del macho cabrío o de lo que las brujas hubieran estado haciendo allí.
-Buenos días, padre. -le dijo Guillermo que bajaba.
-Buenos días, hijo. ¿Fue buena la caza?
-Buena fue padre, hoy llevo siete perdices en el serón. Y, tenga, -dijo extendiendo la mano- la primera que maté es para usted.
-Dios te lo pague Guillermo, Dios te lo pague. Y como Dios es generoso contigo no te olvides de pagarle tú con tu visita, te extraño en la iglesia desde hace muchos domingos.
-No se apure padre, el domingo me tiene allí.
Aquel día seco había amanecido de calor y con el cielo blanquecino. El camino empinado del Tajo levantaba más polvo que nunca y se pegaba a los sudores del cura que aguantaba malamente los rigores de la sotana. Cuando llegó arriba vio que el fuego ardía todavía y que la hierba estaba pelada seguramente por los bailes y los frotes de lujuria de aquellas brujas que a él tanto le gustaba maldecir. Pero al acercarse a la cruz la vio chorreando de sangre fresca, entonces se tiró de la mula al suelo, se santiguó y dio un grito:
-¡Hijas del infierno! ¡Han encendido un fuego que no se apaga y han hecho sangrar la cruz de Cristo!
Luego descendió al pueblo apurando a la mula con la idea de convencer al alcalde de construir una ermita para espantar al diablo definitivamente de allí.
A la misma hora, Juan, María y los otros, ajenos a estas maquinaciones, seguían su marcha por los montes para llegar a los pueblos y sanar flemones y sacar muelas si hiciera falta. Para arreglar empachos y remediar tristezas y males de amor, todo a cambio de algunos reales, pues aquella tierra de Pampaneira, Capileira y Poqueira, tierra de Galicia es.
sábado, 7 de junio de 2014
Relatos Cortos: As Meigas de Cangas
En la calle de los vinos de la cuidad de los pescadores, María había comprado una docena de ostras por ciento cincuenta pesetas. La dama del pañuelo negro y las manos gastadas se las abrió in situ y les dio el chorreón de limón diciendo.
-¡Listas para comer, miña reina!
Luego entró en el tugurio aquel, especie de bar en forma de callejón, con banquetas a los lados y mesas minúsculas, y compró una taza de vino por un duro con derecho a otra de caldo.
Con los años, aquella frescura del mar en la boca, el olor del aire salado, el verde vivo de los paisajes y el dulce canto de la voz de la gente, quedarían impregnados en su alma como una enfermedad nostálgica que el pueblo llamaba morriña.
El barquito de pasajeros tardaba cuarenta y cinco minutos en atravesar el mar. Era un día claro del mes de mayo y el mar mecía los pensamientos de María que miraba lejos. A su lado estaba sentada Julia, aquella futura madre soltera flaca y limpia que tenía mas dientes y gafas en el rostro que otra cosa, y la misma dulzura en la voz que toda la gente de aquel pueblo.
-Yo voy al mercado de Cangas y después a casa de mi abuela a Domayo, ¿y tu?
-Yo, a Cangas y a donde me lleve el viento después- dijo María.
-Pues el viento te ha de llevar a miña casa a la hora de comer.
-¡Hecho!
El viento venía del oeste y ya se avistaba de cerca la tierra. El pueblo estaba a la orilla del mar y tenía pegado a la espalda una colina empinada medio pelada de matojos y piedras. El barco se iba acercando más y más y María vio con los ojos abiertos a tres mujeres desnudas con el pelo de cobre y la piel de nieve que bajaban saltando, corriendo y riendo de aquella misma colina. Al principio no dijo nada y no comprendió nada. Cerró los ojos y todavía estaban allí. Al abrirlos de nuevo habían desaparecido en aquel mismo instante y al tocar el puerto le contó todo a Julia, quien le dijo:
-Acabas de ver a las meigas de Cangas. Puede que vengan del aquelarre.-la miró sonriendo- Esto fue en tiempos un centro de reunión de brujas.
-¿A las doce de la mañana y en cueros vivos?
-Puede.
-Puede-, le respondió María asintiendo.
Y esta visión quedó grabada en su memoria como el mismo día en que la vio y juraba por lo más sagrado que era verdad.
Imagen vía Wikimedia Commons
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