sábado, 7 de junio de 2014

Relatos Cortos: As Meigas de Cangas

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En el mar de Galicia, donde el océano mete sus dedos en las tierras profundas, existen lugares mágicos y misteriosos donde pocos pies comprenden el terreno que pisan.
En la calle de los vinos de la cuidad de los pescadores, María había comprado una docena de ostras por ciento cincuenta pesetas. La dama del pañuelo negro y las manos gastadas se las abrió in situ y  les dio el chorreón de limón diciendo.
-¡Listas para comer, miña reina!
Luego entró en el tugurio aquel, especie de bar en forma de callejón, con banquetas a los lados y mesas minúsculas, y compró una taza de vino por un duro con derecho a otra de caldo.

Con los años, aquella frescura del mar en la boca, el olor del aire salado, el verde vivo de los paisajes y el dulce canto de la voz de la gente, quedarían impregnados en su alma como una enfermedad nostálgica que el pueblo llamaba morriña.

El barquito de pasajeros tardaba cuarenta y cinco minutos en atravesar el mar. Era un día claro del mes de mayo y el mar mecía los pensamientos de María que miraba lejos. A su lado estaba sentada Julia, aquella futura madre soltera flaca y limpia que tenía mas dientes y gafas en el rostro que otra cosa, y la misma dulzura en la voz que toda la gente de aquel pueblo.
-Yo voy al mercado de Cangas y después a casa de mi abuela a Domayo, ¿y tu?
-Yo, a Cangas y a donde me lleve el viento después- dijo María.
-Pues el viento te ha de llevar a miña casa a la hora de comer.
-¡Hecho!

El viento venía del oeste y ya se avistaba de cerca la tierra. El pueblo estaba a la orilla del mar y tenía pegado a la espalda una colina empinada medio pelada de matojos y piedras. El barco se iba acercando más y más y María vio con los ojos abiertos a tres mujeres desnudas con el pelo de cobre y la piel de nieve que bajaban saltando, corriendo y riendo de aquella misma colina. Al principio no dijo nada y no comprendió nada. Cerró los ojos y todavía estaban allí. Al abrirlos de nuevo habían desaparecido en aquel mismo instante y al tocar el puerto le contó todo a Julia, quien le dijo:

-Acabas de ver a las meigas de Cangas. Puede que vengan del aquelarre.-la miró sonriendo- Esto fue en tiempos un centro de reunión de brujas.
-¿A las doce de la mañana y en cueros vivos?
-Puede.
-Puede-, le respondió María asintiendo.
Y esta visión quedó grabada en su memoria como el mismo día en que la vio y juraba por lo más sagrado que era verdad.

Imagen vía Wikimedia Commons

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