Por el Amor al Arte

Por el Amor al Arte es una novela romántica ambientada en París.
Por el Amor al Arte. Historias románticas en París Las escenas sensuales están elegantemente tratadas y la historia impregnada de ternura.
Hace diez años que empecé a escribirla y estuvo durmiendo en un cajón durante mucho tiempo. Es, en realidad, es el primer libro que tuve la intención de escribir, puede que por eso necesitara madurar tanto en la bodega.
Hoy se habla del erotismo y la sexualidad como su fuera algo totalmente nuevo, especialmente en la novela. Pero el deseo, ese impulso irresistible que sobrepasa todo razonamiento, ha estado desde siempre con nosotros y ha sido reflejado en todas las artes desde el principio.
He querido honrar esta fabulosa cualidad que tenemos los seres humanos de sentir el amor, y deseo de todo corazón seguir haciéndolo en mis próximos libros.


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Sinopsis


Marian Dupont es una marchante de obras de arte de París que utiliza la sensualidad para conseguir sus objetivos comerciales. Conoce a Román por Internet y en muy poco tiempo se produce el encuentro amoroso. Sara la gitana,  amiga de Román que ve el futuro, trata de aconsejarle que se aparte de ella, pues Marian no tarda en engañarle con otros hombres. 

Sophie Beaumont es la joven que trabaja para Marian y ama a Román en secreto, pero no sabe cómo conseguirlo, pues él pertenece a su jefa y además vive a dos mil kilómetros de París.  Mientras Marian se entrega a noches desenfrenadas de sexo y fiestas que terminarán de manera insospechada.

Fragmento

El amor por Internet

Román era flaco como un Quijote y tenía en el alma salpicaduras de caballero andante que cabalga por una eterna Mancha en busca de la mujer de sus sueños imaginarios.
Eran las cuatro de la mañana y bajo la luz de una lámpara lánguida aún estaba sentado ante el ordenador. Miró su reloj digital y se dio cuenta de lo tarde que era, en una de aquellas jornadas de trabajo en las que confundía la noche con el día. Y no le pesaban el hambre ni las horas, ni veía los días pasar.
Era uno de los de aquella raza que comprenden bien a las máquinas y mal a las personas, maniático del ratón y del teclado que invaden este mundo con el código que crea el software que todos consumimos. Sin el cual, dicen, nuestra sociedad no podría funcionar.
Y es que en el mundo de las máquinas todo es perfecto –pensaba- porque todo termina por funcionar, y el único y verdadero problema que pueda haber es que se vaya la electricidad.
Y así Román se había ido sumergiendo tanto en ese mundo, que se había olvidado del otro, y no salía de casa sino cuando faltaba el papel higiénico, porque era la única cosa que le daba vergüenza que le trajesen a casa cuando compraba a distancia. Y como todo lo escribía, había olvidado el don de la palabra, como no fuera para hablar de tecnología. Pero desde hacía algún tiempo ese otro lado de su corazón le recordaba como era cuando todo un mar de emociones le invadía para vivir alegre la vida cotidiana y la ilusión de su primer gran amor. Después hubo daño,... y esperó; puso su alma en cuarentena para que nadie volviese a pisar sobre su corazón; esto lo convirtió en un ser huraño, encerrado en su cuarto de máquinas, y se había prohibido el cine y la televisión, salvo para ver algún film de ciencia ficción.

   Aquella noche vio en una página Web un anuncio de contactos personales de amor y amistad. Había estado apareciendo en la pantalla de su ordenador desde hacía meses como un banner insistente cada vez que iba a escribir un email, pero él solo lo vio aquel en aquel momento. Precisamente él, que trabajaba para Internet no creía en el amor a distancia, sin embargo tuvo un impulso inexplicable y pinchó, rellenó el formulario con sus datos personales y se inventó un nombre de usuario: “Merlín”, ya que el mismo se sentía algo mago.



Marian vivía atada a las imposiciones de su agenda llena de contactos, reuniones y viajes. Su secretaria pensaba que debía trabajar para la mujer más ocupada del mundo que no despreciaba la más mínima oportunidad de negocio y no escatimaba horarios ni esfuerzo personal para alcanzar sus objetivos. Era consciente del encanto de su gran corazón de mujer y sabía como hacerlo rentable en el oficio de marchante de obras de arte en París. Su cuerpo era estilizado y sugerente y poseía una cintura de gimnasta, su elegancia pensada para exaltar su sensualidad natural. Tenía los ojos de esmeralda y el pelo de cobre, la mirada vivaz, inquisitiva, turbadora y a la vez dulce, cálida y anhelante, transmitiendo a la perfección la dualidad de su carácter. Trabajaba y hablaba a toda velocidad, y era exactamente así como vivía, como desdoblando el tiempo. Tampoco en las noches le faltaban citas con la diversión, el disfrute y el placer.
Hacía cuatro meses que había obtenido el divorcio y no había nada más lejos de su mente que un nuevo compromiso. Pero cuando se miraba serenamente al espejo, sola y desnuda de obligaciones, se sentía de nuevo ella misma y soñaba como una niña que su alma buscaba,... tal vez que la descubriesen y que la hicieran encontrar aquello que aun le faltaba por vivir.
   Ese día vio en una página Web un anuncio de contactos personales de amor y amistad. Había estado apareciendo ahí, en la pantalla de su ordenador desde hacía meses, pero ella lo vio justamente aquel día. Súbitamente pulsó sobre aquel banner y rellenó el formulario con sus datos personales. Algo impensable para ella en cualquier otro momento del pasado. No sabía por qué, pero obedeció a su impulso y escribió.
   Se inventó un nombre de usuario: “QueenOfHearts”, porque se presentía algo reina de no sabía muy bien qué, o quien, pero lo era claramente de sí misma.

   De repente Román parecía haber despertado interés en las mujeres, o simplemente olvidaba el tiempo que llevaba sin exponerse a ellas. El hacer público su perfil en Internet le convirtió en blanco de todo tipo de mensajes, algunos sinceros, pero de un compromiso que no debía llegar a su vida así, de mujeres que buscaban anclarse a un hombre. Otros eran carnalmente provocadores y agresivamente comprometedores. Él, rastreando, contestaba a todos los mensajes y escribía los propios. Había puesto su atención en una espectacular mujer morena, quien precisamente rompió el contacto después de haberle dado esperanzas sin ninguna explicación. Aún no parecía cuajarse nada. En una situación extraña para el, comenzó a sentir su hambre al descubrir el hambre ajena, la de aquellas que buscaban servírselo como a un plato combinado, con todo el atrevimiento del mundo y el descaro sin previos, acechando, presintiendo el tesoro que él guardaba apretado en su corazón.
   —Pero, ¿qué guarda mi corazón? — pensaba.
   Al menos toda su experiencia, la que le recordaba a gritos que no deseaba ser como un pañuelillo de papel: usado y luego arrojado en cualquier papelera. Tampoco quería ser el algodón impregnado de yodo que taponase una herida ajena que nunca habría de cerrarse, ese pozo sin fondo del corazón de cualquier extraña que se tragara toda su agua espiritual, su esencia, sin conceder la más mínima atención a su propia llamada, grabada desde tiempos ancestrales en la reseña de su identidad.
Decidió, en esos casos, aislarse firmemente como lo había hecho ya antes, para no sucumbir ante el despojo. Es cierto que algunas noches le resultaba especialmente difícil resistirse y pensaba:
   —Pero, ¿qué es lo que busco yo? Soy un iluso, o... un estúpido. —Cualquier otro se hubiera aprovechado ya y hubiese montado a todas las yeguas.

   París se despertó bella entre nieblas y lloviznas, aunque la cuidad aparecía hermosa en cualquier época del año. Desde el Pont Neuf Marian miraba al Sena por la ventanilla del coche parado en uno de aquellos atascos cotidianos, pensando que la rue Tocqueville aun quedaba lejos y aquella mañana se había levantado mucho más temprano para llegar antes a la sociedad de anticuarios Khan–Dupont. Al llegar fue directamente a prepararse un café para llevárselo a su despacho y comenzar la carrera de aquel día que prometía ser espectacularmente intenso.
El anticuario de un pueblo perdido del centro de Francia le había traído un cuadro: “La Vierge à l’Enfant et un Ange” que permanecía guardado en la cámara secreta. Tenía que volver a contemplarlo para reflexionar. La imagen presentaba el cuerpo de la Virgen de frente con la cabeza inclinada hacia un lado, sujetando al niño con su brazo izquierdo quien apoyaba un pie desnudo juguetón sobre su mano derecha. Al lado aparecía el ángel inclinado, con alas de tamaño desproporcionado que ocupaban una gran parte del conjunto por detrás. Los colores resultaban excepcionalmente vivos y reales, a pesar de los años, con la túnica roja de la Virgen y la sobre capa azul, que resaltaban sobre las tonalidades pálidas de la figura del ángel. Esta Madonna tenía los ojos bajos pero daba la impresión de mirar a quien se situaba enfrente del cuadro como examinándole. Luego cerró la cámara y subió a los archivos para estudiar el expediente. Tenía que buscarle el cliente apropiado y antes de la venta debía conocer todos los detalles. Tomó tiempo y comenzó a leer pacientemente el informe.
En 1985 el anticuario le había comprado el cuadro al cura del pueblo por setecientos francos de entonces. El cura, que había fallecido ya, necesitaba dinero para arreglar las goteras de la iglesia y rebuscando por la sacristía dio con un cuadro viejísimo salpicado con manchas de yeso. Aquel dinero le pareció como la respuesta de Dios a sus oraciones y el anticuario se llevó la pintura frotándose las manos. Después de limpiarlo y restaurarlo se dio cuenta de que era una imagen de gran valor, así que decidió ponerse en contacto con un marchante de arte en París para verificar la autoría y cuantificar su valor.
Estos procesos llevaban tiempo y Marian había pedido un examen especial a uno de los expertos del Louvre que iba a llegar a su despacho en cuestión de minutos. Cerró el expediente de golpe al tiempo que la secretaria anunciaba su llegada.
El joven Julien Binneau entró en el despacho tan bruscamente como le habían anunciado. Llevaba un maletín de cuero bajo el brazo y una carpeta enorme en la mano izquierda, liberando la derecha para estrechar la de Marian.
–Madame, –dijo aceleradamente, –dispongo sólo de diez minutos.
–Siéntese y explíquese, pero por favor, acepte también un café. –Repuso Marian quien aprovechaba para observarle. Vestía un traje oscuro impecable con una corbata azul claro y tenía dos grandes rizos de color miel sobre la frente separados a modo de cortina. La camisa le ajustaba a la cintura insinuando un cuerpo vigoroso y pujante. –Demasiado joven para ser anticuario del Louvre, pero no para “otras cosas”. Será en otro momento. –Pensó Marian, centrándose en el tema del cuadro que tanto le preocupaba.
Julien Binneau sacó tres grandes fotos de la carpeta y abrió el maletín al tiempo que extendía siete u ocho folios sobre la mesa.
–No hay duda, se trata de un cuadro de Giuliano Bugiardini, o al menos de uno de sus discípulos. Podrá usted venderlo en unos 20.000 euros por lo menos. Aquí tiene todos los certificados.
–Muchas gracias, Monsieur Binneau, mi secretaria ya ha preparado el cheque con sus honorarios. –Le dijo con aquella sonrisa que parecía morder. –Cuento con usted para la próxima vez.
–Estaré encantado.
El joven salió tan precipitadamente como había entrado olvidando el café sobre la mesa y en cuanto Marian oyó el cierre de la puerta levantó el teléfono y llamó al anticuario de aquel pueblo perdido.
–Tengo 10.000 euros para usted, al cincuenta por ciento como convinimos, le ruego que venga a París lo antes posible para firmar todos los documentos legales.
Ahora sólo faltaba colocárselo a algún cliente pero ¿quién podría ser?
Inmediatamente se le pasó por la cabeza Jean Givert, aquel coleccionista de arte inexperto que, según ella, era lo bastante ingenuo como para comprarle cualquier cosa si conseguía venderle una buena historia. Volvió a levantar el teléfono y le dijo rápidamente:
–Jean, tengo para ti algo que lleva tu nombre, una obra maravillosa, una Madonna rescatada de una iglesia perdida que…
–¿Cuánto? –la interrumpió.
–Acabo de comprarla y ya sabes, yo llevo mi porcentaje y tengo todos los certificados. Son 30.000 euros.
En una reunión y dos llamadas había ganado 20.000 euros limpios, pues sabía que en cuanto Jean Givert viera la tela no podría resistirse a comprar aquella obra maestra. Ahora sólo le faltaba “celebrarlo”, tomó el teléfono de nuevo, marcó y dijo:
–¿Julien Binneau? Si, nos hemos visto en mi despacho hace una hora. Quisiera solicitar de nuevo sus servicios y me gustaría enseñarle otra cosa, pero es a título personal. ¿Podría pasarse esta tarde por mi casa sobre las siete?
A las siete de aquella tarde era ya de noche y al llegar al rellano se arregló la corbata, se estiró la chaqueta y se compuso los bucles del flequillo, pensando que la obra de arte que iba a catalogar debía de ser de la mayor importancia, y que por eso la guardaba en su casa. Al abrir la puerta Julien Binneau se sorprendió al ver a Marian con una bata de tul ligera que dejaba translucir su ropa negra interior.
–Quisiera agradecerle personalmente su participación en toda esta gestión, –dijo con aquella sonrisa maliciosa. Luego le atrajo hacía si por la nuca y le estampó un beso en los labios. Puso su mano en el cinturón tirando de él hacia el dormitorio y cerró la puerta con el pie. A Julien Binneau solo le hizo falta un segundo para reaccionar: medio para cerrar la boca abierta de sorpresa y otro medio para olvidar a su novia y el compromiso que tenía con ella de celebrar el santo matrimonio para la eternidad. Al joven le temblaban las piernas y sintió que estallaba de deseo. El tiempo que tardó en quedarse desnudo le pareció una eternidad cuando Marian ya lo estaba completamente, tumbada en el medio de aquella cama inmensa esperándole. Al ver aquellos senos generosos, perfectamente redondos, se volvió loco. Le saltó encima con movimientos frenéticos, inexpertos, en un acto salvaje en el que sólo hubo aquel primer beso y ninguno más.
Cuando todo aquel vigor pueril comenzaba a hacerle perder la cabeza, a Marian le pareció ver los ojos vírgenes de aquella Madonna que la miraban como escudriñándola desde el techo.
Y todo había terminado tan rápidamente como empezó.
–¿Tiene usted tanta prisa como con los documentos?
–Yo.. –titubeó el joven.
–No se preocupe, –le dijo sonriendo– fue tan eficaz como con aquello.

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