Hacía tiempo que no afilaba el lápiz para dar caña. Un lector cualquiera, sin que esté obligado a leer la columna del periódico bajo el prisma multicolor de lo político, no sabe hacia dónde tirar. Se confunde entre tanto funesto profeta orweliano y tanta inquisición progresista. Vociferan todos ellos con la voz del que clama en el desierto y las ovejas tranquilas no saben la flauta de qué pastor seguir.
Vivimos tiempos históricamente inéditos y sin referencia alguna del pasado que nos pueda orientar, y jamás hemos estado tan cerca de la destrucción como lo estamos de la redención.
¿Qué niño nacerá tras las horas de parto trascendentales que estamos viviendo? ¿y qué papel les tocará representar a los distópicos supervivientes?
Solo podemos asumir una cosa: las ovejas que pastan plácidamente en la hierba de uno y otro color, irán irremediablemente al matadero. Es fácil preferir la pitanza al camino pedregoso de la disidencia entre tanta confusión. ¿Tendrán razón los versos de aquel cantor llorica que proclamaba aquello de: presiento que tras la noche vendrá la noche más larga?
Y luego están los cruzados, aquellos que escondidos se afanan en afilar espadas, ansiosos de poder demostrar su caballerosidad. Pero llevar una cruz no hace de uno un santo, lo mismo que el cultivo del conocimiento no cura la estupidez. Con el conocimiento se han destruido ciudades y países, y pergeñado las mayores injusticias que se puedan imaginar. Ese conocimiento que tanto envanece a algunos y que destruye las intenciones mas nobles cuando se cae bajo la seducción del poder.
¿Y quién nos librará de todo esto?
De momento cada palo aguanta su vela y solo la claridad mental puede rasgar el velo de la niebla de tanta sinrazón, y si de algo vale dar un pequeño consejo, aquí va este: decide por ti mismo y no permitas que nadie lo haga en tu lugar; ni el ser mas amado de tu corazón ni el líder voceador de demagogias ni la televisión y ni mucho menos el miedo. Levantemos las cabezas. Es nuestra única posibilidad de salir con bien de esta, no confundamos las lealtades y cultivemos el pensamiento crítico, pues a la hora de la verdad a nadie con el dedo podremos señalar.
Yo creo con firmeza que el viejo paradigma está haciendo aguas por gastado y cansino, y que recalcitrante como es, pugna agonizando por sobrevivir y se resiste a su sino dando los últimos coletazos. Los actores de este esperpéntico teatro que llamamos política, economía y religión, se irán a acostar muy pronto nada más bajado el telón.
Ya queda poco para el final de la función y son necesarias almas nobles que escriban un guión nuevo, esta vez con el corazón.
domingo, 13 de septiembre de 2020
viernes, 19 de abril de 2019
Notre Dame de París
Es indescriptible la pena que puede sentirse al contemplar un desastre como este. No esperaban mis ojos ver una cosa semejante, Paris mon amour. En el momento más crítico, cuando el fuego parecía comerse la Torre Norte, se me hundió el corazón pensando que Notre Dame iría a desmoronarse con ella. Debo decir que la catedral fue el primer monumento que visité al llegar aquí y al que fui fiel todos estos años. Allí dentro me obligó a levantar la cabeza y viendo sus bóvedas de cruceta una palabra me atravesó el pensamiento: "Matemática". Los antiguos maestros de obra sabían mucho de eso, pero no dejaron nada escrito y se perdió el conocimiento.
La soberbia humana no tuvo bastante con aquella perfección y quisieron añadirle una aguja sobre el crucero del techo cubierta de plomo, más alta y más pesada que la original. Sus campanas, con nombres de niño, han estado sonando desde hace 850 años marcando hitos en la historia, unos dramáticos y otros festivos. Confieso que adquirir una adicción por estar dentro de ella fue fácil, porque todas las veces me elevó y me proporcionó paz, aún en el medio de tanto turista enfebrecido por tomar fotos y comprar monedas de recuerdo. Y ahora me siento como si hubiera muerto el último animal en vías de extinción de une especie rara; la belleza. Y es que hemos perdido una parte del tiempo, algo que no se puede comprar, los cuatrocientos años que estuvieron secándose los robles antes de subirlos al tejado para formar el armazón, los ciento ochenta años que tardaron en terminarla los obreros y maestros de más talento, los ochocientos cincuenta años que estuvo plantada en el punto cero de Francia siendo testigo de muertes, bodas, coronaciones de reyes, la revolución francesa, la primera guerra mundial, la invasión de los nazis y el día de la liberación. Llegó bien hasta nosotros, sí, y se nos fue en unas horas.
¿Y qué queda después de la llamas? ¿quedó algo que no fuera consumido por el fuego?
La cruz de oro aparece en el centro del altar, brillante e intacta, y a sus pies los restos del fuego y el plomo fundido, el metal más bajo. La aguja del crucero cayó a los pies de la cruz, tronchada por el fuego limpiador. Es una verdadera transmutación, como una victoria purificadora emergiendo de las llamas. La gran vidriera de la rosa occidental esta íntegra, dejando pasar la luz, y los bancos de madera también. Todas las veces que he estado en Notre Dame me ha inspirado una cosa; su belleza me recuerda que el verdadero templo está en el corazón. La perfección de su matemática la salvó de la destrucción total y gracias al escudo de las bóvedas de cruceta, el fuego no penetró en sus entrañas.
Hubo un momento de enorme emoción en la noche cuando las campanas de las iglesias hermanas de París (Saint Germain, San Sulpicio y muchas más), sonaban en solidaridad mientras Notre Dame ardía, fue un momento de ascensión total, indescriptible. Es como... si hubiera subido al cielo.
La soberbia humana no tuvo bastante con aquella perfección y quisieron añadirle una aguja sobre el crucero del techo cubierta de plomo, más alta y más pesada que la original. Sus campanas, con nombres de niño, han estado sonando desde hace 850 años marcando hitos en la historia, unos dramáticos y otros festivos. Confieso que adquirir una adicción por estar dentro de ella fue fácil, porque todas las veces me elevó y me proporcionó paz, aún en el medio de tanto turista enfebrecido por tomar fotos y comprar monedas de recuerdo. Y ahora me siento como si hubiera muerto el último animal en vías de extinción de une especie rara; la belleza. Y es que hemos perdido una parte del tiempo, algo que no se puede comprar, los cuatrocientos años que estuvieron secándose los robles antes de subirlos al tejado para formar el armazón, los ciento ochenta años que tardaron en terminarla los obreros y maestros de más talento, los ochocientos cincuenta años que estuvo plantada en el punto cero de Francia siendo testigo de muertes, bodas, coronaciones de reyes, la revolución francesa, la primera guerra mundial, la invasión de los nazis y el día de la liberación. Llegó bien hasta nosotros, sí, y se nos fue en unas horas.
¿Y qué queda después de la llamas? ¿quedó algo que no fuera consumido por el fuego?
La cruz de oro aparece en el centro del altar, brillante e intacta, y a sus pies los restos del fuego y el plomo fundido, el metal más bajo. La aguja del crucero cayó a los pies de la cruz, tronchada por el fuego limpiador. Es una verdadera transmutación, como una victoria purificadora emergiendo de las llamas. La gran vidriera de la rosa occidental esta íntegra, dejando pasar la luz, y los bancos de madera también. Todas las veces que he estado en Notre Dame me ha inspirado una cosa; su belleza me recuerda que el verdadero templo está en el corazón. La perfección de su matemática la salvó de la destrucción total y gracias al escudo de las bóvedas de cruceta, el fuego no penetró en sus entrañas.
Hubo un momento de enorme emoción en la noche cuando las campanas de las iglesias hermanas de París (Saint Germain, San Sulpicio y muchas más), sonaban en solidaridad mientras Notre Dame ardía, fue un momento de ascensión total, indescriptible. Es como... si hubiera subido al cielo.
domingo, 8 de abril de 2018
El Secreto de Leo Williams, opiniones de los lectores
No puedes complacer a todos los lectores todo el tiempo, ni siquiera puedes complacer a algunos lectores todo el tiempo, pero al menos deberías tratar de complacer a algunos lectores parte del tiempo. (Stephen King)
Saber que a algunos lectores les ha gustado un libro tuyo es la mayor recompensa al trabajo que supone escribir una novela. Saber que una parte de tu imaginación ha servido de evasión en la vida de alguien, que les ha inspirado y emocionado, recorriendo todas las escalas entre la luz y la oscuridad, es lo que mantiene la pasión de seguir haciéndolo. A fin de cuentas escribimos porque el entusiasmo por la vida nos empuja a arrancarle las palabras vehementes con las que pintamos la realidad. Sí, se trata de reinventarla, remodelarla a nuestro antojo para sublimarla y hacerla más bella.
Yo diría que es una necesidad hacerlo. Hay escritores que dicen que lo hacen porque es para ellos como una terapia, pero a mi me suena eso a antiséptico, antiinflamatorio, antihistamínico, antidepresivo, a paredes frías de pasillo de hospital. Escribimos por el arrebato de hacerlo, al menos el primer borrador, luego vendrán las revisiones.
Jean D'Ormesson decía que el lo reescribía todo al menos siete veces, y yo le comprendo: es porque se puede alcanzar una satisfacción parcial si le damos toda la precisión a un párrafo. En un sólo párrafo puede decirse más de lo que hay escrito en muchos libros, si lo hemos afinado bien. Y ahí el escritor se dice: al menos estoy en parte satisfecho, porque rara vez lo estamos completamente.
Cuando leemos las opiniones de los lectores entonces podemos aceptar esa satisfacción, sabiendo que la escritura de ficción no puede complacer al cien por cien a todo el mundo todo el tiempo, porque es una cuestión de gustos, y en ese libro no hay nada escrito.
Hoy he leído un par de esas opiniones y puedo decir gracias y comprender que aunque lo que escribo está lejos de la perfección, no tiene la menor importancia.
Saber que a algunos lectores les ha gustado un libro tuyo es la mayor recompensa al trabajo que supone escribir una novela. Saber que una parte de tu imaginación ha servido de evasión en la vida de alguien, que les ha inspirado y emocionado, recorriendo todas las escalas entre la luz y la oscuridad, es lo que mantiene la pasión de seguir haciéndolo. A fin de cuentas escribimos porque el entusiasmo por la vida nos empuja a arrancarle las palabras vehementes con las que pintamos la realidad. Sí, se trata de reinventarla, remodelarla a nuestro antojo para sublimarla y hacerla más bella.
Yo diría que es una necesidad hacerlo. Hay escritores que dicen que lo hacen porque es para ellos como una terapia, pero a mi me suena eso a antiséptico, antiinflamatorio, antihistamínico, antidepresivo, a paredes frías de pasillo de hospital. Escribimos por el arrebato de hacerlo, al menos el primer borrador, luego vendrán las revisiones.
Jean D'Ormesson decía que el lo reescribía todo al menos siete veces, y yo le comprendo: es porque se puede alcanzar una satisfacción parcial si le damos toda la precisión a un párrafo. En un sólo párrafo puede decirse más de lo que hay escrito en muchos libros, si lo hemos afinado bien. Y ahí el escritor se dice: al menos estoy en parte satisfecho, porque rara vez lo estamos completamente.
Cuando leemos las opiniones de los lectores entonces podemos aceptar esa satisfacción, sabiendo que la escritura de ficción no puede complacer al cien por cien a todo el mundo todo el tiempo, porque es una cuestión de gustos, y en ese libro no hay nada escrito.
Hoy he leído un par de esas opiniones y puedo decir gracias y comprender que aunque lo que escribo está lejos de la perfección, no tiene la menor importancia.
Qué es lo que puedo comentar de este libro, lo primero es la portada es hermosa y muy muy llamativa, a mi es lo primero que llama mi atención de ahí la trama y puedo asegurar sin miedo a equivocarme que muy interesante tanto por los personajes como como por su contenido científico y te pones a pensar el futuro que nos espera con tantos avances de la ciencia que no dudaría que dentro de poco exista un Adam entre nosotros.
Muy lindo final muy acertado por cierto y da pie a una continuación que podría ser la de Nathan y Lynda .pero bueno eso se lo dejamos a la señora Olivares.
Recomiendo esta obra al cien por ciento.
Tuve la gran fortuna de ganarme este libro de la autora via Goodreads. Me encanto el libro! Muy diferente a lo que he leído en el pasado. La idea de la genética experimental y la reprogramacion del genoma humano muy fue muy interesante. El amor entre Leo y Anabella me toco el corazón. Me encanto el final de la historia! Quizás veremos un libro sobre Nathan y Lynda?
sábado, 15 de julio de 2017
Mentir para sobrevivir
En el año 92 de la crisis, después de la Exposición Universal de Sevilla, andaba yo desesperada buscando un empleo. Al terminar los acontecimientos notorios que se habían llevado la prosperidad con ellos, Andalucía volvió a vivir en tiempos de vacas flacas una vez más. Aquel día me subí a la banana (un Renault 4L, cuatro latas de color amarillo), con el ánimo guerrero vestida para una entrevista de trabajo. El puesto que ofrecían era de recepcionista en un improvisado camping situado al lado de una granja de cerdos que lo perfumaba con su vapor cuando el viento quería.
Allí me esperaba Suzanne, una dulce jovencita americana que había estudiado en la Universidad de la Sorbona de París y hablaba cuatro idiomas por lo menos. Yo chapurreaba un inglés de los americanos sin ningún pudor, y cuando me preguntó si hablaba francés le contesté que sí. Y claro, no tenía ni idea, pero la olla de mi niño estaba vacía y había que llenarla. Ya improvisaría, ya estudiaría... o lo que fuese. La cosa era conseguir el puesto y las cuatro perras que iba a ganar con él. Suzanne se dio cuenta en seguida pero no dijo nada y me dio un curso de cuatro palabras en la lengua de Moliere para que aprendiera a decir: camiseta, bolsa de hielo y el precio de la estancia por día y por semana. Creo que se divirtió aquel día y dio el visto bueno para que me admitieran como ayudante en la recepción. Pero más aún se divirtió Xavi, el dueño del camping, el día que me trajo unos italianos para que les hiciera los trámites de entrada. Bueno, me defendí con el italiano de las películas, del cual me avergüenzo hoy por ser incompresible, pero tenía el mérito de ser inventado. Yo pensé: si lavorare es trabajar y come stai es cómo estás, el resto es coser y cantar. Lo mejor de todo fue que me entendieron cuando les expliqué cómo llenar el depósito del agua de la auto caravana con una manguera. Mamma mía! Debieron pensar que yo hablaba español y que era comprensible para ellos y Xavi quedó convencido de que yo hablaba italiano.
El verdadero problema se presentó el día que llegaron los franceses, ¿con cuál de las cuatro palabras que sabía les iba a recibir yo? Oh, Mon Dieu! Y Xavi me observaba silencioso desde un rincón de la recepción. Yo mantenía la calma sin sudar, pero debía tener tanta cara de apuro que él se acercó y les dijo:
–Bonjour, pour faire les formalités...
Bueno, hice los trámites de entrada, les dije las cuatro palabras que conocía y les entregué unos cuantos folletos turísticos. El día que se fueron se despidieron diciendo:
–Ici sents le cochon.
Por el gesto de asco que pusieron entendí la frase y aquel fue el primer curso de francés nativo que tuve en la vida y que me empujó mucho más tarde a estudiarlo.
Mientras, Suzanne se convirtió en amiga de la familia gracias a un sueño premonitorio que tuve sobre ella al día siguiente de conocerla que nos sorprendió a las dos. Además vivía a un par de manzanas de casa y a mamá, que rebosaba de generosidad andaluza, le encantaba invitarla a comer. Muchos meses después me escribió desde los Estados Unidos para confirmarme que el sueño había sido certero y que jamás tendría que haberse casado con aquel sinvergüenza que después de haber conseguido la nacionalidad americana, la abandonó. Y yo le reconocí el día que me lo presentó, por haberlo visto en aquella fantasía de la noche que desgraciadamente se había convertido en realidad.
Y la vida de todos los días transcurría suave, llena de cosas absurdas, como en una ilusión. Yo guardaba en mi corazón las cosas importantes: el ver crecer a mi hijo, el ver feliz a mi madre. Y no me importaba nada levantarme a las seis de la mañana y que me llevara la banana (el Renault cuatro latas que había perdido ya al menos una) a trabajar al camping.
Otro día se le ocurrió a Xavi organizar una fiesta de moteros. Fue a la granja de al lado y encargó un tanda exagerada de costillas de cerdos que mandó asar en unas barbacoas improvisadas con cuatro piedras sobre la tierra. Los moteros empezaron a llegar en bandadas y pronto me di cuenta de que los que no íbamos vestidos como ellos no existíamos, y sólo se dirigían la palabra entre ellos. Era lógico, tenían que celebrar su venturoso viaje desde tan lejos en aquel día horrible de calor. Pero la alegría se les terminó rápido, pues de los tres días al año que llueve en Sevilla aquel fue uno de ellos, y la lluvia furiosa que golpeaba el polvo cubrió con una salsa de lodo las costillas de marrano que quedaron intomables sobre las brasas. El agua que bajaba por la pendiente arrastró con ellas las cervezas y los ánimos, y en menos de veinte minutos estaban todos refugiados en el restaurante. Pero Xavi, que lo había gastado todo en las viandas para la barbarcoa, no había previsto otra comida y los chicos se quedaron tan descorazonados y con un hambre tan carnívora que se fueron en estampida. El viento soplaba hacia ellos desde la granja de cerdos, en guisa de adiós.
Estas cosas, y tantas otras que vinieron después, se fueron desmadejando gracias a aquella mentira. Fue una mentira piadosa, tal vez, pero una mentira. Muchos años depués aprendí a hablar un francés desenvuelto que me ayudó en la vida de todos los días. Es como si aquella mentira se hubiera convertido en una sentencia del destino que me hubiera tomado la palabra en aquel momento de desespero. Si la vida entera es toda ella una mentira, como decía el escritor en el gran soliloquio: que la vida es sueño y los sueños sueños son. Entonces que me dejen, como yo quiera, soñarla con el corazón.
Allí me esperaba Suzanne, una dulce jovencita americana que había estudiado en la Universidad de la Sorbona de París y hablaba cuatro idiomas por lo menos. Yo chapurreaba un inglés de los americanos sin ningún pudor, y cuando me preguntó si hablaba francés le contesté que sí. Y claro, no tenía ni idea, pero la olla de mi niño estaba vacía y había que llenarla. Ya improvisaría, ya estudiaría... o lo que fuese. La cosa era conseguir el puesto y las cuatro perras que iba a ganar con él. Suzanne se dio cuenta en seguida pero no dijo nada y me dio un curso de cuatro palabras en la lengua de Moliere para que aprendiera a decir: camiseta, bolsa de hielo y el precio de la estancia por día y por semana. Creo que se divirtió aquel día y dio el visto bueno para que me admitieran como ayudante en la recepción. Pero más aún se divirtió Xavi, el dueño del camping, el día que me trajo unos italianos para que les hiciera los trámites de entrada. Bueno, me defendí con el italiano de las películas, del cual me avergüenzo hoy por ser incompresible, pero tenía el mérito de ser inventado. Yo pensé: si lavorare es trabajar y come stai es cómo estás, el resto es coser y cantar. Lo mejor de todo fue que me entendieron cuando les expliqué cómo llenar el depósito del agua de la auto caravana con una manguera. Mamma mía! Debieron pensar que yo hablaba español y que era comprensible para ellos y Xavi quedó convencido de que yo hablaba italiano.
El verdadero problema se presentó el día que llegaron los franceses, ¿con cuál de las cuatro palabras que sabía les iba a recibir yo? Oh, Mon Dieu! Y Xavi me observaba silencioso desde un rincón de la recepción. Yo mantenía la calma sin sudar, pero debía tener tanta cara de apuro que él se acercó y les dijo:
–Bonjour, pour faire les formalités...
Bueno, hice los trámites de entrada, les dije las cuatro palabras que conocía y les entregué unos cuantos folletos turísticos. El día que se fueron se despidieron diciendo:
–Ici sents le cochon.
Por el gesto de asco que pusieron entendí la frase y aquel fue el primer curso de francés nativo que tuve en la vida y que me empujó mucho más tarde a estudiarlo.
Mientras, Suzanne se convirtió en amiga de la familia gracias a un sueño premonitorio que tuve sobre ella al día siguiente de conocerla que nos sorprendió a las dos. Además vivía a un par de manzanas de casa y a mamá, que rebosaba de generosidad andaluza, le encantaba invitarla a comer. Muchos meses después me escribió desde los Estados Unidos para confirmarme que el sueño había sido certero y que jamás tendría que haberse casado con aquel sinvergüenza que después de haber conseguido la nacionalidad americana, la abandonó. Y yo le reconocí el día que me lo presentó, por haberlo visto en aquella fantasía de la noche que desgraciadamente se había convertido en realidad.
Y la vida de todos los días transcurría suave, llena de cosas absurdas, como en una ilusión. Yo guardaba en mi corazón las cosas importantes: el ver crecer a mi hijo, el ver feliz a mi madre. Y no me importaba nada levantarme a las seis de la mañana y que me llevara la banana (el Renault cuatro latas que había perdido ya al menos una) a trabajar al camping.
Otro día se le ocurrió a Xavi organizar una fiesta de moteros. Fue a la granja de al lado y encargó un tanda exagerada de costillas de cerdos que mandó asar en unas barbacoas improvisadas con cuatro piedras sobre la tierra. Los moteros empezaron a llegar en bandadas y pronto me di cuenta de que los que no íbamos vestidos como ellos no existíamos, y sólo se dirigían la palabra entre ellos. Era lógico, tenían que celebrar su venturoso viaje desde tan lejos en aquel día horrible de calor. Pero la alegría se les terminó rápido, pues de los tres días al año que llueve en Sevilla aquel fue uno de ellos, y la lluvia furiosa que golpeaba el polvo cubrió con una salsa de lodo las costillas de marrano que quedaron intomables sobre las brasas. El agua que bajaba por la pendiente arrastró con ellas las cervezas y los ánimos, y en menos de veinte minutos estaban todos refugiados en el restaurante. Pero Xavi, que lo había gastado todo en las viandas para la barbarcoa, no había previsto otra comida y los chicos se quedaron tan descorazonados y con un hambre tan carnívora que se fueron en estampida. El viento soplaba hacia ellos desde la granja de cerdos, en guisa de adiós.
Estas cosas, y tantas otras que vinieron después, se fueron desmadejando gracias a aquella mentira. Fue una mentira piadosa, tal vez, pero una mentira. Muchos años depués aprendí a hablar un francés desenvuelto que me ayudó en la vida de todos los días. Es como si aquella mentira se hubiera convertido en una sentencia del destino que me hubiera tomado la palabra en aquel momento de desespero. Si la vida entera es toda ella una mentira, como decía el escritor en el gran soliloquio: que la vida es sueño y los sueños sueños son. Entonces que me dejen, como yo quiera, soñarla con el corazón.
miércoles, 26 de abril de 2017
El niño que no volvió de la escuela
El niño se había puesto los zapatos en el ascensor como cada mañana. Luego rascaba su pelusa de barba indecisa que aún no había tocado la máquina de afeitar. Su madre, plantada ante la puerta con la bata de casa y las zapatillas de pompones, le había dicho:
–¡Date prisa que otra vez llegas tarde!
Yo no comprendía cómo el ascensor me traicionaba, mandándome al cuarto piso en lugar de bajarme a la calle, y así el niño me atrapaba en él. Sin preguntarle, estaba al tanto de toda la vida de la familia; de las vacaciones en la casa de campo, las subidas al apartamento de esquí y las bajadas a la orilla del mar. De todo estaba yo al corriente sin importarme, y era porque no podía zafarme de su charla y al final llegué a sentir curiosidad por los periplos familiares, por si había lucido el sol en la playa o el viaje transcurrió sin incidencias. Todo lo escuchaba yo y todo lo preguntaba, por prestarle atención a él. Con los últimos relatos ya la voz le iba cambiando y no le sonaba tanto a pito inoportuno de parvulario, sino a bronquios de chaval. Así me contó que una pandilla de gamberros le había robado el teléfono de bolsillo, ese que todos quieren con la marca de la manzana, y el juego de llaves, por eso tuvimos que cambiar el cierre del edificio y tomar precauciones para entrar.
Hoy, como todos los días, se metió en el ascensor con las zapatillas deportivas en la mano, se sentó en el suelo como dejándose caer y se las puso con un solo movimiento. Ahí comprendí que por eso nunca las desamarraba.
El niño, que ya no era tan niño, me dijo que hoy no habría clases, que se iban al entierro de un compañero al que había embestido una moto loca en la misma acera que pisábamos al arrancar el día. Luego dio un salto de canguro y corrió hacia la avenida dejándome atrás. Él corrió impulsado con la potencia de los octanos de la pubertad, y yo avanzaba con pasos meditabundos, reflexionando en mi media hora de historias.
A la altura del cruce los vi: las sirenas azules, los vehículos rojos y el grupo de socorristas agachados formando un círculo. Quise acercarme pero desistí, por evitarme el llevar en la memoria alguna imagen de charcutería humana que luego me costara borrar. En la parada del autobús me lo contaron. La policía tenía prisa, iban detrás de un terrorista o de un loco, lo mismo da. Con un volantazo frenético habían invadido la vía izquierda de la avenida para adelantar. Y así, circulando en sentido contrario chocaron contra el niño, que aquel día corrió menos que ellos y lo dejaron planchado delante de su escuela.
Y ahora, ¿qué le diré a su madre cuando la vea? Plantada ante la puerta con su bata de casa y sus zapatillas de pompones, esperando al que ahora yace inmóvil, esperando al que no volverá. ¿Qué explicación se le podría dar? Que este mundo loco se ha llevado un alma inocente, que no sabemos a dónde vamos a llegar, que la policía debió aflojar el acelerador delante de la escuela y… ¿todo esto que más le dará? Cuando no vea a su niño entrar, el niño que no volvió, no llegó a la escuela, no cargará más con su mochilita de libros, ni saldrá corriendo a la calle a medio peinar.
¿Y yo? Hubiera deseado con toda el alma que esto fuera un cuento, pero no lo es, es una escena más que se funde en el delirio de los sucesos de todos lo días. Y ya no me importunará más en el ascensor, con su charla de cotorra infantil, mirando al mundo con sus ojos soñolientos, despertando a la vida despacio, como una flor que espera los rayos de un sol que no la alumbrará jamás. Ahora sí que irás al entierro, pequeño mío, y en guisa de anfitrión principal.
–¡Date prisa que otra vez llegas tarde!
Yo no comprendía cómo el ascensor me traicionaba, mandándome al cuarto piso en lugar de bajarme a la calle, y así el niño me atrapaba en él. Sin preguntarle, estaba al tanto de toda la vida de la familia; de las vacaciones en la casa de campo, las subidas al apartamento de esquí y las bajadas a la orilla del mar. De todo estaba yo al corriente sin importarme, y era porque no podía zafarme de su charla y al final llegué a sentir curiosidad por los periplos familiares, por si había lucido el sol en la playa o el viaje transcurrió sin incidencias. Todo lo escuchaba yo y todo lo preguntaba, por prestarle atención a él. Con los últimos relatos ya la voz le iba cambiando y no le sonaba tanto a pito inoportuno de parvulario, sino a bronquios de chaval. Así me contó que una pandilla de gamberros le había robado el teléfono de bolsillo, ese que todos quieren con la marca de la manzana, y el juego de llaves, por eso tuvimos que cambiar el cierre del edificio y tomar precauciones para entrar.
Hoy, como todos los días, se metió en el ascensor con las zapatillas deportivas en la mano, se sentó en el suelo como dejándose caer y se las puso con un solo movimiento. Ahí comprendí que por eso nunca las desamarraba.
El niño, que ya no era tan niño, me dijo que hoy no habría clases, que se iban al entierro de un compañero al que había embestido una moto loca en la misma acera que pisábamos al arrancar el día. Luego dio un salto de canguro y corrió hacia la avenida dejándome atrás. Él corrió impulsado con la potencia de los octanos de la pubertad, y yo avanzaba con pasos meditabundos, reflexionando en mi media hora de historias.
A la altura del cruce los vi: las sirenas azules, los vehículos rojos y el grupo de socorristas agachados formando un círculo. Quise acercarme pero desistí, por evitarme el llevar en la memoria alguna imagen de charcutería humana que luego me costara borrar. En la parada del autobús me lo contaron. La policía tenía prisa, iban detrás de un terrorista o de un loco, lo mismo da. Con un volantazo frenético habían invadido la vía izquierda de la avenida para adelantar. Y así, circulando en sentido contrario chocaron contra el niño, que aquel día corrió menos que ellos y lo dejaron planchado delante de su escuela.
Y ahora, ¿qué le diré a su madre cuando la vea? Plantada ante la puerta con su bata de casa y sus zapatillas de pompones, esperando al que ahora yace inmóvil, esperando al que no volverá. ¿Qué explicación se le podría dar? Que este mundo loco se ha llevado un alma inocente, que no sabemos a dónde vamos a llegar, que la policía debió aflojar el acelerador delante de la escuela y… ¿todo esto que más le dará? Cuando no vea a su niño entrar, el niño que no volvió, no llegó a la escuela, no cargará más con su mochilita de libros, ni saldrá corriendo a la calle a medio peinar.
¿Y yo? Hubiera deseado con toda el alma que esto fuera un cuento, pero no lo es, es una escena más que se funde en el delirio de los sucesos de todos lo días. Y ya no me importunará más en el ascensor, con su charla de cotorra infantil, mirando al mundo con sus ojos soñolientos, despertando a la vida despacio, como una flor que espera los rayos de un sol que no la alumbrará jamás. Ahora sí que irás al entierro, pequeño mío, y en guisa de anfitrión principal.
viernes, 31 de marzo de 2017
Poema a Sevilla: Sevilla tuvo que ser
SEVILLA TUVO QUE SER
Si todo el marsubiera por el Guadalquivir,
no se podría aguantar
de tanto resplandecer.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.
Si las olas llegaran hasta el Arenal
y el viento salado tocara tu Torre,
si meciera el azahar
de tus naranjos en la noche.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.
Si mi barco hasta ti llegara
remontando las aguas del rio grande,
si tus manos me tocaran
y tus besos saciaran mi hambre.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.
Si la luna se maquillara
en el espejo de tu río,
y si el sol la dejara
al ocultarse su brillo.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.
Si de lejos llegara hasta mi
el perfume de tus flores,
si con tus rosas pudiera yo
hablar de mis amores.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.
Si tuviera que empezar
a escribir de nuevo poesía,
volvería a escribir mis versos
en los bares de Sevilla.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.
Sólo unos pocos conocen
el secreto de tus calles,
a donde volverán las oscuras golondrinas
llamando a tus ventanales.
Y ni si quiera tus hijas
las que se visten de faralaes,
ni siquiera ellas conocen
ni siquiera ellas lo saben.
Tan sólo los pies del poeta
en los pasos del Cristo de los Amores,
El que en el silencio de la madrugada
se pasea por los callejones.
Sevilla tuvo que ser,
Sevilla de luz y de flores.
---
Este es un mes apropiado para hablar de Sevilla, el abril de la feria y a veces de su semana santa, y la antesala del mes de sus flores.
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sábado, 19 de noviembre de 2016
Los días malos
Hay días malos, muy malos. Días en los que no recibes ninguna buena noticia y las piedras en tu camino parecen crecer. Se diría que esos días no tienen fin, ni noche que los detenga. Es como si estuviéramos atrapados en un callejón sin salida, en un laberinto infernal que te pierde más y más mientras te vas adentrando en el. Cuánto más luchas por salir, más profundo caes. Es igual que sacar un barco a la mar con el viento en contra, o tirar mierda delante de un ventilador.
Ciertos días, pensaba, no tenían que haber amanecido, ni ciertas horas tragarse las manecillas del reloj. Y además se clonan en otros días aciagos, tal cual el de la marmota que repite las mismas escenas absurdas y sin sentido en un ciclo sin final. Sí; la desesperación existe y los momentos de desamparo en los que ni amigos, ni familia parecen consolar. No podría justificar la razón de la existencia de estos días con los entresijos de una complicada filosofía poco creíble y mucho menos aceptable. En realidad nadie sabe por qué tenemos que pasar por días así. Ni tampoco me importa.
El río mecía sus aguas grises con serenidad, paseando la corriente con un sonido grave, casi sordo.
–Sólo te queda la muerte –oyó decir por detrás.
–No puede ser, no estoy preparada y tengo demasiado miedo para morir.
–Entonces mira el agua; será lo último que veas.
Una brisa de aire frío le acarició la nuca, más que viento era como la bocanada que sale de un congelador al abrir la puerta. Entonces se giró un poco hacia la izquierda y atisbó una masa gris, o del color horrible que fuese. Un olor intenso emanaba del mismo lado, parecido al de las almendras amargas, pero no supo reconocerlo. Durante un segundo le alivió la idea de pensar que todo podía ser un sueño.
–¡Mira al agua! –gritó la voz con autoridad.
–"Y ahora es cuando me va a empujar." – pensó.
Quiso salir corriendo pero sintió los pies pesados, como pegados a la tierra. Quiso gritar y no le salía la voz. Fijó los ojos en el agua que parecía una masa movediza de tierra sucia. Deseó hundirse en ella y que aquel polvo le ahogara la respiración. El murmullo de la corriente se hizo más agudo y en la superficie vio venir flotando unos pies. Tras los pies aparecieron las piernas y el vestido pegado al cuerpo rígido que conocía tan bien. El rostro con el rictus tenso, las manos finas, crispadas y cruzadas sobre el vientre. La mujer la miró y le dijo:
–¡Niña! ¿Qué haces aquí?
La reprendió como cuando tenía cinco años, con la mirada amenazante y la misma entonación de antes del castigo, aunque en el fondo había detectado un ligero matiz protector. Tras la voz militar reconoció que podía haber cariño y cuando se disponía a responderle, su cabeza desapareció en la oscuridad.
–¡Vuelve! –gritó– ¡tengo tanto que decirte!
–Ella lo sabe todo –oyó decir aún por detrás.
–¿Quién eres y qué quieres de mi? –le dijo sin volverse.
–¿Para qué te serviría conocer mi nombre? Si te dijera quién soy yo, ni tú misma lo creerías. Dejemos las cosas como están.
–Eres... tú eres...
–No lo pronuncies. El día que lo hayas hecho no volverás a este lugar, ni a ningún otro que hayas conocido.
Ella prestaba atención a cada palabra. Una vibración metálica sobresalía al final de cada frase y trataba de imaginar qué rostro podía corresponder a una voz así. Pensar en ello le daba dolor de cabeza y una angustia en el pecho dífícil de soportar, así que trató de concentrarse en lo que escuchaba sin relacionarlo con ninguna imagen.
–Mira el agua –le dijo otra vez.
Y entonces se hicieron remolinos que se tragaban los barcos de horasjasca perdidos en el río y la suciedad. Ahora con la mente vacía, la voz le resonaba claramente dentro de la cabeza.
–Observa el agua del riachuelo: va abriéndose camino entre la basura y las piedras, y termina atravesando el valle de la sombra de muerte. Es más fácil fluir que ir levantando cada roca del camino y pateando la suciedad. Fluir es aceptar y avanzar con lo que tienes. La locura es seguir adelante con la ceguera de la furia atizada por el rencor. El agua, que parece débil, puede llegar a donde quiera si no se detiene. Además, sabe que el día malo también se acabará, y puede que antes de lo que tú piensas.
Las palabras surtían de su propio intelecto y le produjeron un consuelo tan grande que ya no le importaba morir y casi deseaba echarse en los brazos de aquella cosa informe y gris.
–¡Llévame contigo! –le gritó.
–No puedes, ahora no puedes, tendrías que parar el mundo y eso aún no lo sabes hacer.
–No tengo ni idea de lo que significa eso.
–Acepta el día malo y lo aprenderás.
–Si lo acepto y lo aprendo y todo lo demás ¿podría irme contigo?
–No. Yo no puedo decidir eso por ti; hoy estoy aquí porque tú me has llamado. Venir es todo lo que puedo hacer. Además, tienes que aceptar el día bueno, eso también lo aprenderás.
–Si mis días fueran buenos, entonces no te habría llamado.
–Cuando estés lista para la última danza, entonces me llamarás.
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